LES DONES A LA GUERRA CIVIL I A LA DICTADURA FRANQUISTA

LAS MUJERES EN LA GUERRA CIVIL Y EN LA DICTADURA FRANQUISTA


Gernando Fernández Holgado

Fernando Fernández Holgado

 

FERNANDO HERNÁNDEZ HOLGADO es licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, especialidad de Historia Contemporánea, y diplomado (DEA) por la misma universidad. En la actualidad se encuentra realizando una tesis doctoral sobre las prisiones franquistas de Madrid, Barcelona y Valencia, dirigida por la profesora Gloria Nielfa Cristóbal.

Durante los últimos años ha coordinado el proyecto-portal web www.presodelescorts.org, de la Associació per la Cultura i la Memòria de Catalunya (2006-2008) financiado por el Memorial Democràtic de la Generalitat.

Ha comisariado varias exposiciones fotográficas relacionadas con su tema de tesis:

  • -Ventas: historia de una prisión de mujeres (2006). Producida por el Ayuntamiento de Alcorcón (Madrid).

  • -Presas de Franco (2008-2009). En versión castellana y catalana. Producida por la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM) de Madrid y l’Associació Catalana d’Estudis Marxistes.

Entre sus publicaciones relacionadas con su tema de tesis, cabe destacar los siguientes libros, artículos y comunicaciones:

  • -“Un apunte biográfico”, en VV. AA.: Las ventanas de Soledad Real. Fundació Pere Ardiaca. Barcelona, 2009.

  • -“La prisión de Ventas: entre la historia y la memoria (1933-1969), en GÁLVEZ, S. y HERNÁNDEZ HOLGADO, F. (Eds.): Presas de Franco. Catálogo de la exposición homónima. Málaga. Diputación de Málaga, 2008.

  • -“Presodelescorts: las nuevas tecnologías al servicio de la memoria”, en AMADOR, p. y RUIZ FRANCO, R. (Eds): La otra dictadura: el régimen franquista y las mujeres. Universidad Carlos III de Madrid, 2007.

  • -“Esclavas del franquismo: el trabajo de las mujeres presas”, en colaboración con Josemi GASTÓN, en GASTÓN, J. y MENDIOLA, F. (Eds.): Los trabajos forzados en la dictadura franquista. Pamplona, 2007.

  • -“Cárcel de Ventas: Mercedes Núñez Targa”, VI Encuentro de Investigadores sobre el Franquismo. Fundación Sindicalismo y Cultura. CC.OO. Aragón. Zaragoza, 2006.

  • -“Trinidad Gallego: una Dona del 36”, en LEONÉ, S. y MENDIOLA, F. (coords): Voces e imágenes en la historia. Fuentes Orrales y Visuales: investigación histórica y renovación pedagógica. Universidad Pública de Navarra. Pamplona, 2005.

  • -“Carceleras encarceladas. La depuración franquista de las funcionarias de Prisiones de la Segunda República”, en Cuadernos de Historia Contemporánea, revista del Depto. de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Madrid, 2005.

  • -“Unha imaxe: festa do Corpus no cárcere de mulleres de Ventas”, en Dez·Eme, número 9, Santiago de Compostela, 2004.

  • -“Las Trece Rosas, agosto de 1939; un diálogo entre el documento y la fuente oral”, en SOBREQUÉS, J., MOLINERO, C. y SALA, M. (eds.): Los campos de concentración y el mundo penitenciario en España durante la guerra civil y el franquismo. Barcelona. Crítica, 2003.

  • -Mujeres encarceladas. La prisión de Ventas: de la República al franquismo (1931-1941). Madrid. Marcial Pons, 2003.

  • -Soledad Real (1917). Madrid. Ediciones del Orto, 2001.

PONENCIA

Mujeres y prisión bajo el franquismo

La memoria

Las compañeras y compañeros que me han precedido ya han descrito lo suficientemente bien la participación de las mujeres en la Segunda República y la guerra civil. Me corresponde a mí hablar de la represión carcelaria que sufrieron durante el primer franquismo, centrándome fundamentalmente en las presas políticas. No olvidemos que las 280.000 personas encarceladas a la altura de 1940, cifra reconocida por el propio régimen1, no lo habían sido en el marco de la jurisdicción civil ordinaria, sino en el de los consejos de guerra de carácter político. Porque el 1 de abril no había estallado la paz: la guerra, con sus medidas excepcionales, continuaba en forma de guerra invisible, como escribía por aquellas fechas el periodista y escritor Ernesto Giménez Caballero2.

No solamente es un placer sino una necesidad tener a mi lado a María Salvo, una mujer que conoció de primera mano, como presa y luchadora política, las cárceles de mujeres del franquismo. En su caso, 16 años pasados en las prisiones de Les Corts (Barcelona), Ventas (Madrid), Segovia y Alcalá de Henares, entre otras. Digo que es una necesidad porque la problemática histórica de la experiencia penitenciaria femenina durante la guerra y la posguerra no vino dada ni fue propuesta en primera instancia por la historiografía, desde las universidades. Dicha problemática fue planteada por sus propias protagonistas, en un ejercicio de memorias individuales y colectivas que buscaban denunciar lo que había sido la represión franquista y reivindicar la lucha que mantuvieron como colectivo, ya que como siempre se ha ocupado de señalar la propia María Salvo, su experiencia no fue de sufrimiento pasivo, sino de resistencia y militancia activa antifranquista dentro de las propias cárceles.

Con la experiencia penitenciaria femenina de la posguerra, que de alguna manera había quedado invisibilizada no sólo por el muro de silencio del franquismo y de los otros silencios que siguieron, sino por la propia experiencia carcelaria masculina que de algún modo la había situado en una zona de sombra, ocurrió que fue la memoria de sus protagonistas la que abrió camino a la historia. Fueron las “historiadoras de sí mismas”, como las llamó el profesor Ricard Vinyes, quienes contaron, escribieron y transmitieron los relatos de sus experiencias como otra forma de combate y denuncia contra la dictadura.

Mujeres como Carlota O’Neill, que escribió –y destruyó para volver a reescribir- sus memorias sobre la prisión de Melilla y pudo por fin verlas publicadas en 19643. O como Tomasa Cuevas, que comenzó a recorrer –todavía en vida de Franco- la geografía española armada con un magnetofón para grabar los relatos de sus antiguas compañeras –entre ellos el de María Salvo- , hasta que consiguió editar una monumental trilogía que con el tiempo se ha convertido en la fuente memorialística más completa de todas4. O como Juana Doña, que redactó su “novela-testimonio” en 1967 –Desde la noche y la niebla- y que pudo publicar finalmente en 1978, tomando todavía la precaución –signo de lo veleidoso de los tiempos- de disimular y cambiar los nombres de sus compañeras5. Podríamos citar, a riesgo de dejarnos algún nombre, tres autoras más de textos memorialísticos: Mercedes Nuñez Targa6, Ángeles García Madrid7 y Soledad Real8, que nos sirven para apuntalar la idea de que la memoria -las memorias, en plural- señalaron el camino a la historia.

De hecho, eso y no otra cosa es la llamada “memoria histórica”: la voluntad de una memoria, individual o colectiva –el colectivo de las presas políticas de la posguerra, en nuestro caso- de pasar a formar parte de la historia, de integrarse en el relato histórico como fuente oral útil y contrastada. La historia, como disciplina histórica, entró en acción después. Pongamos un ejemplo suficientemente conocido. El relato de la ejecución de Las Trece Rosas el 5 de agosto de 1939 nació en la propia cárcel de Ventas y se difundió en los círculos de la resistencia contra la dictadura, dentro y fuera de España, pasando a formar parte de la memoria colectiva antifranquista. Sólo con el final de la dictadura pudo el relato de lo sucedido saltar a las páginas de los periódicos9 o, andando el tiempo, a las de alguna revista de divulgación histórica10.

Sin embargo, hubo que esperar hasta bien entrada la década de los noventa para que historiadoras como Mirta Núñez, invitada a estas jornadas, y Enrique Rojas Friend, pudieran acceder a la documentación del consejo de guerra contra Las Menores y determinar por fin sus nombres completos, profundizando en diversos detalles del episodio11. Algo parecido ocurrió con la prisión de Les Corts, en Barcelona. Diversos testimonios como el de Maria Salvo e Isabel Vicente, recogidos por Tomasa Cuevas, hablaban ya de las penosas condiciones de esta prisión provincial. Pero sólo en 2001 el profesor Ricard Vinyes pudo historiar en una revista especializada la experiencia carcelaria femenina en Les Corts, a partir del acceso a los libros penitenciarios depositados en el Arxiu Nacional de Catalunya12. Lo cierto es que, al menos por lo que se refiere a etapa franquista, sólo en tiempos relativamente recientes la memoria ha entrado en necesaria colaboración con la historia para transmutarse en conocimiento histórico.



La historia

¿Qué tiene que decir la historia sobre la experiencia de la primera generación de presas políticas del franquismo, a la luz de las fuentes escritas que por fin han podido abrirse al público y a los investigadores? Una primera mirada nos alerta de la enormidad de la represión, insólita en la historia de España y de Cataluña contemplada en su conjunto. En correspondencia con lo sucedido en el universo carcelario masculino, decenas de prisiones centrales, provinciales y “habilitadas” o “provisionales” salpicaron la geografía española. Es un lugar común decirlo, pero nunca hubo tantas reclusas y malviviendo en tan pésimas condiciones como en aquel entonces. El proceso comenzó con la guerra: en la prisión provincial de Málaga, según la documentación penitenciaria conservada, se produjeron más de 400 ingresos entre febrero y diciembre de 1937; posteriormente, en un año como 1941 los ingresos ascendieron a más de setecientos13. Se sabe, por ejemplo, que en un rincón de Guipúzcoa, las instalaciones de un antiguo balneario con playa, Saturrarán, se convirtieron en cárcel improvisada ya durante la guerra, y en el año 1940 se hacinaban todavía dentro de sus muros cerca de 1.600 reclusas14. En la cárcel de mujeres de Palma de Mallorca, que había sido abierta en noviembre de 1936, se alcanzó el millar de reclusas en 1940, cuando ya había pasado a convertirse en prisión central o de cumplimiento de pena15.

Para la prisión provincial de Les Corts, en Barcelona, la documentación penitenciaria conservada nos aporta cifras exactas de población, con un máximo de 1.806 mujeres y 43 niños con fecha 17 de agosto de 193916. Otra cárcel de posguerra como la de Ventas, en Madrid, nos ofrece seguramente el caso de la prisión más poblada de toda la historia de España, aunque hoy por hoy carecemos de datos exactos y seguimos apoyándonos en los testimonios, con más de tres millares de reclusas en 193917. Y había más centros: Santander, Amorebieta, Pamplona, la prisión de Oblatas en Tarragona, la provincial de Valencia y la de Santa Clara, ambas en Valencia; Girona, Segovia, Zaragoza… y un largo etcétera.

Hasta aquí las cantidades. Pero las fuentes documentales nos han permitido aquilatar asimismo las condiciones del encarcelamiento femenino de posguerra, y la conclusión es que se trató –siempre lo fue- de una experiencia singularizada de la masculina, pese a compartir con las cárceles de varones una serie de rasgos comunes como las deplorables condiciones materiales o higiénicas. No fueron lo mismo las cárceles de hombres que las de mujeres, por varias razones. La primera de ellas, que numerosos testimonios se han ocupado de reseñar, es la permanencia de los hijos en prisión, hasta los tres años según una orden de 194018. El sufrimiento de las madres por sus hijos, sobre todo cuando enfermaban o morían, vino a significar un plus emocional absolutamente incomparable: de ello tendrá ocasión de hablarnos asimismo Montserrat Armengou.

Otra variable diferenciadora fue precisamente la que condujo a muchas mujeres a la cárcel en primer término: en numerosos casos, el bando sublevado encarceló a numerosas mujeres no por la responsabilidad desempeñada durante la guerra –que podía abarcar desde su participación en la misma como milicianas hasta la simple asunción de tareas auxiliares en la retaguardia, o su trabajo como maestras, tranviarias o enfermeras- sino en calidad de rehenes, en caso de que las nuevas autoridades no hubieran conseguido capturar a sus compañeros o familiares varones.

Una tercera variable, en fin, no es otra que el rigor del encierro. El encierro más absoluto y la vida intramuros fue una característica constante de las cárceles de mujeres en España y en Europa, empezando por las primeras galeras de la era Moderna. Los presos de los presidios masculinos –durante el siglo XIX, su edad dorada- podían realizar trabajos al aire libre, fuera de sus brigadas o salas de dormir. Posteriormente, finalizada la guerra civil, el régimen franquista creó una gigantesca infraestructura de trabajos forzados, a través del llamado Patronato de Redención de Penas por el Trabajo, en el que millares de reclusos –no todos- podían salir a trabajar extramuros en diversas obras. Nada de eso ocurrió en los establecimientos penitenciarios femeninos, donde se mantuvo ese riguroso encierro con todas las consecuencias que ello conllevaba. El trabajo femenino solamente podía darse intramuros, y en condiciones peores que las de los establecimientos masculinos: talleres donde las presas pudieran redimir su pena trabajando –sobre todo labor de costura- hubo pocos y tardíos.

Una cuarta variable singularizadora es la especial presencia de la religión en la cárcel a través de sus diversos agentes: capellanes y monjas. Hacia diciembre de 1940 el total de religiosas en las cárceles franquistas ascendía a 342, de quince órdenes diferentes, repartidas por unas cuarenta cárceles19. Todas eran monjas carceleras, dedicadas a tareas de administración y vigilancia de las reclusas, en virtud de un concierto firmado entre el Servicio Nacional de Prisiones y la orden respectiva. Por eso, en la mayoría de las cárceles femeninas de posguerra, la presencia de la monja carcelera era una constante: Hijas del Buen pastor en Ventas; Hijas de la Caridad y mercedarias en Barcelona; Hermanitas de los Pobres en Palma de Mallorca; Oblatas del Santísimo Redentor en Tarragona…

Conviene señalar, sin embargo, que la utilización de las órdenes religiosas femeninas con esta función no fue un invento de Franco, sino que se pierde en la noche de los tiempos, el de las primeras galeras en España y Europa. El dudoso mérito del régimen franquista en este sentido no fue tanto la originalidad como la sistematicidad y la organización: la capacidad que demostró el régimen de movilizar y concentrar a decenas de órdenes femeninas que llevaban décadas dedicadas a tareas carcelarias y asistenciales en un solo organigrama, en una sola macroestructura dependiente del ya citado Patronato de Redención de Penas por Trabajo.

La última variable singularizadora que me gustaría apuntar aquí es ciertamente importante, toda vez que aunque sugerida por los testimonios no es fácil de rastrear en las fuentes documentales escritas que han llegado hasta nosotros: nos referimos al trabajo informal, no redimido ni oficial, que se hacía en la prisión. En el testimonio recogido por Consuelo García, Soledad Real describía así un día de trabajo en la cárcel de de Les Corts:

“La vida en el patio era vida de trabajo de labores. Se han hecho muchos en las cárceles, mucho tapete de punto de media, se han bordado mantillas, se ha hecho ganchillo. Esta labor la entregábamos a los familiares, o a los amigos, cuando teníamos comunicación, y ellos la vendían y te compraban en la calle lo que necesitabas. O se quedaban el dinero, o parte del dinero, como en mi caso, porque yo tenía que ayudar a mi madre. Y te entraban parte del dinero que luego tú te gastabas en el economato, en comida para mejorar el rancho”20.

Los testimonios conservados, sobre todo los de las militantes de la memoria, hablan de un uso intensivo del tiempo en prisión dedicado a una modalidad de trabajo consentida por las autoridades de la cárcel pero sin características formales ni regladas: el trabajo de costura que realizaban las propias reclusas a nivel particular, al margen de los talleres, que no redimía condena. Se trataba de un trabajo mucho más extendido que el publicitado por el régimen, realizado por las presas de manera informal, para mantenerse a sí mismas y a sus familiares -en ocasiones incluso a sus compañeros varones si se encontraban también encarcelados- mediante la venta de sus labores en el exterior. Que esta modalidad laboral fuera consentida por las monjas –salvo en domingo, por razones obvias- encajaba en el perfil dominante de los centros penitenciarios administrados, regidos y controlados por religiosas, para las que el ocio significaba la fuente de todo pecado.

Todas estas variables, en suma, configuran una experiencia y una práctica penitenciaria diferenciada de la de los varones, que podría matizarse aún más por lo que se refiere a las presas políticas y a la deficiente atención que recibían del exterior. Como bien ha señalado el profesor Vinyes, nunca hubo colectivos de hombres apoyando a presas, sino que el fenómeno era exclusivamente el contrario: mujeres cuidando y atendiendo a hombres de manera sistemática con visitas, paquetes, comunicaciones, cartas. El conocimiento histórico de esta realidad diferenciada con todas sus implicaciones se va afianzando y enriqueciendo cada día, con la apertura de nuevos archivos y el hallazgo de nuevas fuentes documentales, pero para finalizar me gustaría insistir aquí que fue el hilo de la memoria, el de las militantes de la memoria como María Salvo, Tomasa Cuevas, Isabel Vicente y tantas otras, el de la experiencia vital de “las historiadoras de sí mismas”, el que señaló y orientó el camino a la historia.


 

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