LES DONES A LA GUERRA CIVIL I A LA DICTADURA FRANQUISTA

LAS MUJERES EN LA GUERRA CIVIL Y EN LA DICTADURA FRANQUISTA


Ana Ramirez Cañil

Ana Ramírez Cañil

Ana Ramírez Cañil, es periodista.

Nació en Madrid hace cincuenta años, pero es de Rascafría.

A los diecinueve años comenzó en el periodismo económico por necesidad, aunque se convirtió en vicio cuando cruzó la información económica con la política.

Ha trabajado en Cinco Días, después de unos meses de prácticas en el diario El Alcázar; en la revista Mercado (cuna de una generación de profesionales de la prensa económica) y en los orígenes de La Gaceta de los Negocios.

Entre 1984 y 1985 vivió en Nueva York, donde amplio estudios de periodismo e imagen en la New School of Social Research.

Ha sido redactora jefe del semanario El Siglo, directora de Informe Semanal y delegada de el Periódico de Catalunya en Madrid.

En 2008 ganó el 25 Premio Espasa de Ensayo por el libro "La Mujer del Maquis"

Desde septiembre del 2008 aprende qué es el periodismo on line en la web de información general soitu.es, es columnista del diario "Pubico" y de "A vivir que son dos días", en la Cadena SER.  

 

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PONENCIA

APUNTES PARA LA CONFERENCIA SOBRE "LA MUJER DEL MAQUIS"

  • Las mujeres, enlace de los maquis, esas desconocidas.
  • La oscuridad y el silencio durante 60 años.
  • El miedo y la represión en las aldeas, una posguerra más larga que en las grandes ciudades.
  • Desideologizadas, el régimen las convierte en luchadoras.
  • Ahí están, aún perdidas en la geografía más profunda de este país, con su memoria histórica intacta.
Aquel agosto de 1948 cambió la vida de un centenar de personas y de sus familias. Una multitud si se piensa que cada pueblecito, cada aldea, no llegaban a las 50 personas como habitantes. Aquel amanecer, mientras eran transportados de pie, en la caja del camión, sujetando los jóvenes a los viejos, los hombres a las mujeres, ocupados en no caerse, en intentar adivinar en qué casa sería la siguiente parada, quiénes serían sacados a gritos o a golpes de sus camas, nadie tuvo tiempo de echar una mirada alrededor. La mayoría de ellos tardarían muchos años (una vida) en volver a sus hogares, en ver los verdes prados, los Picos de Europa aún manchados por la nieve, la salida del sol sobre la ría de San Vicente de la Barquera.

Uno de ellos, el joven Francisco Bedoya, se convertiría en "el Bedoya", el último emboscado que ingresó en el maquis cuando daba sus estertores finales (1952). Las mujeres de su familia, las madres, hermanas, primas, conocidas de una decena de pueblos pagaron cara la decisión de Bedoya.

En aquella España en la que triunfó del golpe de estado militar, las mujeres quedaban reducidas a esposas sumisas, madres amantes y transmisoras de unos valores que durante medio siglo se instalaron en lo más profundo de sus hogares, en lo más recóndito de sus cerebros. No tenían vida propia. Hasta antes de ayer. Valores exaltados por la permanente predica desde los altares, por el Servicio Social o la doctrina en las escuelas, por las radionovelas de la radio, por el miedo a la crítica y a la denuncia que terminaron por convertirse en el mejor sostén, el más silencioso y alienado de la dictadura.

Leles, Luisa, Teófila, Soledad, Julia, Requena, Emma y tantas otras que conocieron a Bedoya fueron las víctimas de esa comparsa, de esos cientos, miles de mujeres normales, anónimas. No eran ni las milicianas aguerridas de la guerrera y el fusil al hombro, ni las compañeras de Pasionaria, ni la mujeres de la FAI (Federación Anarquista Ibérica) que predicaban el amor libre y peleaban en el frente; pero tampoco fueron las de la Sección Femenina de Pilar Primo de Rivera ni las del Auxilio Social de Mercedes Sanz Bachiller, católicas, apostólicas, romanas, sumisas, entregadas como tarea principal de sus vidas a parir, a dedicar su vida al marido y a los hijos, simultaneando con los deberes para con la iglesia y el cumplimiento exhaustivo de la doctrina católica.

 

 

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